Entrevista a Sergio del Molino: «Me enfrento a la vida escribiendo»

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Sergio del Molino junto a Miguel Ángel Hernández en la presentación de «Lo que a nadie le importa» (Espacio AB9)

Creo que Sergio del Molino (Madrid, 1979) vino a Murcia con la excusa de presentar su novela para poder escribir sobre su experiencia aquí en el diario de promoción en el que lleva trabajando desde hace un tiempo. Y es que Sergio es de esos escritores que escriben porque quieren escribir, porque no saben vivir sin hacerlo. Prueba de ello es “Lo que a nadie le importa” (Random House), sin duda, una de las mejores novelas que se ha publicado este año en España. En ella, el autor explora el incómodo silencio de su abuelo  con una mirada lúcida y honesta que se deja de obviedades para recalar en lo que verdaderamente importa (o en lo que no). Hablamos de lo inútil de la literatura tomando un café bajo el caluroso sol de otoño mientras que la gente a nuestro alrededor se hace preguntas acerca del Ébola o de las tarjetas black. Menos mal que el mundo aún nos permite hacer cosas así. Menos mal.

Ya sabemos “Lo que a nadie le importa” pero, ¿qué no le importa a Sergio del Molino?

En realidad me importan y no me importan muchas cosas. No me importan las cosas graves que generalmente parece que conforman la agenda pública. Quizá eso tiene que ver mucho con mi desapego con el periodismo: no me importa lo que está en la portada de los periódicos. Siento una desconexión muy grande con las preocupaciones oficiales, pero luego, a la vez, soy  consciente de que lo que me importa a mí es una cosa muy íntima y muy poco extrapolable. No aspiro a que se dé importancia a mis cosas pequeñas, no aspiro a imponer un discurso. Sencillamente lo que más me importa es que me dejen en paz para vivir la vida, vivir en una sociedad en la que todos podamos ser dejados en paz, para poder elegir qué es lo que nos importa y lo que no.

Dices que el presente de indicativo es el tiempo de lo que a nadie le importa. ¿Qué tiene el pretérito perfecto simple que tanto nos engancha?

Es el tiempo pensado para las crónicas, el tiempo en el que se escriben las historias pensadas para quedar, las que ya han sido cribadas, testadas y puestas de largo para ser contadas en la historia. El presente es un género volátil, no trasciende, se escapa entre los dedos y no termina de cuajar; de hecho, contar una historia en presente, como sabe cualquiera que ha intentado escribir, es muy difícil. El tiempo correcto para contar las cosas es el pretérito y hay vidas que ya están contadas en pretérito. Ya no hay una vocación de vivir para dejar huella, ni siquiera George Clooney: él vive para el presente. Hemos abandonado las ansias de trascendencia de otros siglos. Lo que hago con el juego de los tiempos verbales aquí es un poco hacer notar esa transgresión, pasar a limpio lo irrelevante de la historia.

A ratos, la novela huele a crónica periodística, cuando te fijas en el pasado de tu abuelo y vas recorriendo en cierta manera sus pasos en la Guerra Civil. También hay algo de retrato costumbrista de la época pasada. ¿Qué ha hecho el periodismo para ayudarte en esta aventura literaria? 

Has mencionado la palabra maldita que es costumbrismo. No creo que haya costumbrismo aquí, sí quizá algo de diálogo con el costumbrismo. Con mi libro anterior, “La hora violeta”, me sorprendió mucho que en Latinoamérica, muchos periodistas narrativos lo leyeran como un libro de crónicas. Nunca jamás pensé que escribiera así. Ahora soy  más consciente del poso que había de cronista en mí pero sólo porque me lo hicieron notar los demás. Creía que me distanciaba mucho del periodismo y resulta que no, que está ahí; es normal porque es mi formación y es la forma en la que me enseñaron a mirar las cosas y acercarme a las historias. En “Lo que a nadie le importa” lo uso conscientemente. La mirada del cronista para mí es muy interesante porque tiene mucho que ver con la mirada del distraído: es una mirada que se va fijando un poco en todo y va atendiendo a muchos aspectos que escapan a quien va muy pendiente de un objetivo. Es una mirada que propicia mucho la sorpresa. Generalmente, las cosas que más te llaman la atención son las que están a un lado, las menos obvias. Este libro tiene meandros, tiene muchas salidas a los lados, muchas paradas y desvíos. Al final, la literatura es una forma de mirar.

Has vuelto a la autoficción como en tu anterior novela y eres un nieto que rompe el silencio de un abuelo. ¿Hay algo de deuda o es más bien un cierto reproche?

No le debía nada, de hecho, al revés, le he hecho una putada. He violado su silencio, un silencio que, a diferencia de otros silencios, no era impuesto; era un silencio voluntario y militante ejercido con dedicación durante muchos años y yo he roto esa voluntad de silencio. No creo que se enfadara, no creo que le molestara si viviera, pero sí que es verdad que estoy haciendo lo contrario de lo que él quiso hacer en vida porque, además, estoy especulando sobre las razones de su silencio y estoy intentando entender qué era lo que callaba. Al final, escribo un pasaje que casi nadie lo ha mencionado y que para mí es muy importante, igual esta tarde Miguel Ángel Hernández, como experto en arte, sí me lo comenta. Se trata de la exposición de Man Ray. Cuando voy a esa exposición veo realmente qué es lo que hay dentro de la cabeza de mi abuelo: un conjunto de imágenes abstractas. Lo que había en la cabeza de mi abuelo tenía que ver con algo que no era capaz de expresar, un malestar, una desconexión muy profunda con el mundo en el que vivía, algo que él sentía que debía de ser terriblemente complejo pero que no pudo o no quiso expresar. En el libro interpreto un poco cuál puede ser la raíz de ese malestar y cuál podía haber sido esa expresión e intento jugar ahí en clave casi musiliana: lo convierto en un hombre sin atributos.  A mí las etiquetas de «autoficción» o «novela de no ficción» me parecen bien, pueden ser útiles hasta cierto punto para el lector, pero creo que para el escritor son un lastre. Yo tiendo a hacer lo que me da la gana, no razono, no me encuadro antes en una corriente o un estilo, escribo los libros que me pide el cuerpo y este me lo pedía desde hacía mucho. Luego ya que se encuadre en alguna corriente o no, o que encaje con alguna etiqueta o no, me da un poco igual.

Dices que te resulta natural escribir y lo natural es escribir sobre lo que uno vive. ¿Te resulta fácil hablar sobre ti mismo?

La literatura siempre es difícil, por mucho que te fluya. Hacer literatura es muy difícil y escribir un libro es muy complicado y trabajoso y entiendo que mucha gente desista antes de empezar. Pero opino que la literatura surge siempre de la experiencia propia del creador, hay un vínculo totalmente indisoluble entre experiencia vivida y literatura, por eso creo que novelista joven es un oxímoron; no hay novelistas de quince años porque no has podido asimilar nada, no tienes nada para contar. Empieza a haber novelistas a mi edad, cuando tienes basurilla que se te ha ido acumulando con los años y puedes trabajar con ella. Eso no quiere decir que toda la literatura tenga que ser explícitamente autobiográfica pero sí que toda tiene una raíz autobiográfica, hasta Lovecraft. La literatura es literatura cuando conecta emocionalmente con el lector a través de una transmisión puramente literaria y no sólo como un entretenimiento de usar y tirar. Lo único que le pido a la literatura es que sea honesta, que no me engañe, que no me haga jueguecitos, que haya una voz que yo sea capaz de reconocer, como lector y, por supuesto, como escritor y mi forma de hacerlo como escritor es esta; quizá es así porque soy tan torpe que no sé hacerlo de otra forma, no sé.

¿Qué repercusiones tiene el escribir una especie de autobiografía cuando el  libro ya ha sido publicado?

Bueno, son autobiografías parciales, muy parciales. Están muy lejos de ser autobiografías porque la autobiografía tiene el rasgo de ser profundamente mentirosa y yo no he alcanzado ese grado de mentira todavía. En cuanto a implicaciones personales, tengo que decir que han sido muy buenas porque estoy totalmente trastornado y siento que no hay una frontera entre la literatura y mi vida, vivo a través de la literatura y la literatura es algo tan importante y tan incardinado en mi vida como mi hijo y como todo mi entorno. Esto me ha permitido hacer una literatura con la que estoy cómodo, con la que siento que estoy comunicando lo que quiero comunicar. Me siento bien, encuentro una voz, uso la literatura para lo que quiero usarla. Si mi yo literario está contento y cómodo, mi yo real también lo está, hay una fusión de ambos. No los separo, yo no dejo de escribir y me convierto en otra persona, esto no es sólo un trabajo para mí, es mucho más, un modo de vida. Estoy escribiendo y estoy cocinando también y estoy cuidando a mi hijo a la vez. Si la literatura funciona y fluye, mi vida funciona y fluye también.

La novela gira en torno al silencio y tú lo elaboras hasta convertirlo en palabras a media voz, ¿qué es lo que más te ha costado escuchar?

Es que he escuchado tan pocas cosas… Las he tenido que evocar casi todas. Quizá lo que más me ha costado escuchar ha sido la frase que abre el libro, que me sigue intrigando y me sigue provocando una desazón muy grande. “Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos”. Ya me la provocaba al principio, cuando la escucho a los diecisiete años y se me queda ahí e intento entender qué es lo que hay detrás de la vida de mi abuelo para haber pronunciado eso. Me meto en esa vida, intento conectar mi vida con la suya y ver el mundo como él lo veía y, después de todo, la frase me sigue helando la sangre. Efectivamente, en aquel momento no había divorcio y el hombre había tenido un compromiso con esa vida y con esa mujer pero lo que no entiendo es por qué no pegó un portazo y no volvió. No sé si no supo o no quiso y eso me desasosiega mucho, esa perseverancia en la desgracia, en vivir amargado. Después de entenderlo a él como persona me cuesta mucho empatizar con eso, con su idea del compromiso . Al final del libro creo que lo digo, siento mucho ahogo, mucha angustia cuando me veo metido en su cuerpo y veo que la fusión de las dos biografías ya es clara; me siento totalmente asfixiado. Él vivió toda su vida así, con esa sensación y yo no sé cómo se hace eso. Me sigue costando escuchar la frase, tiene la misma fuerza ahora que la entiendo que cuando no la entendía, la misma fuerza aterradora.

En tu blog, dentro del diario de promoción que redactas, haces referencia a una pregunta que te hizo Alberto Olmos en una presentación a la que respondes que, si pensaras, no escribirías.

Para mí es muy importante el valor de la intuición como escritor. Aspiro a ser un escritor muy intuitivo y para eso tienes que trabajar mucho y escribir muchísimo. De la misma forma en la que confío en la intuición de un médico, confío en la de un escritor: confío en la gente con talento y oficio. No soy un escritor muy cerebral, sé que las cosas van así porque las he hecho muchas veces, porque escribo muchísimo, soy grafómano, leo mucho y asimilo de una forma natural, intuitivamente todo lo que hago, pero que no me pidan que teorice. Lo podría hacer pero con mucho esfuerzo y además cambiando las teorías porque no me las termino de creer. Por eso le decía a Olmos que yo no pienso, creo que a diferencia de él, por ejemplo, que es un escritor muy cerebral y que tiene un proyecto narrativo muy desarrollado. Yo no lo tengo, me siento a escribir y las cosas me van surgiendo. Si pensara mucho y tuviera un proyecto muy claro no me saldría, de hecho, antes de escribir este libro, abandoné un proyecto de ficción que tenía muy claro y que tenía muy pensado porque no cuajó, quizá por estar demasiado pensado. Si pienso no escribo, necesito tener unas ideas generales y sobre ellas cabalgar un poquito. Intento que mi escritura se parezca más a la estructura del jazz, con temas y variaciones e improvisaciones que van y vuelven, que vas dominado; tienes una base melódica y rítmica y sobre esa base vas improvisando, lo que te va llevando a territorios insospechados. Eso me gusta mucho más que ir escribiendo sobre una partitura. Hay escritores jazzistícos y escritores sinfónicos que necesitan una buena partitura y que al escribir tocan, porque escribir se parece más a tocar que a componer. Eso no quiere decir que el músico de jazz sea menos que el músico sinfónico, yo creo que son formas distintas de aproximación. Al músico sinfónico le pones una música de jazz y es incapaz de improvisar y al músico de jazz le pones una partitura y se siente constreñido, no puede hacer nada con ello. Creo que son sensibilidades distintas.

¿Cuál es tu impulso para escribir?

No lo sé, ojalá lo supiera. Soy grafómano, escribo constantemente, tengo ya una deformación tan grande que no sé vivir sin escribir. Puede que mi impulso para escribir sí que tenga que ver con la exploración de las emociones e intentar entender qué le pasa a la gente que me rodea, cómo se relacionan conmigo, cómo funcionan las emociones, las relaciones familiares y la intimidad. Entender cómo funciona la intimidad, que me parece algo tremendo. Muchas de las cosas que damos por supuestas, me parecen terriblemente misteriosas e intento explorar un poco esos misterios a la hora de escribir. Me enfrento a la vida escribiendo, es mi forma de vivir, no concibo otra y probablemente sea algo enfermizo.

Escribes en la novela que eres un escritor dominado por los libros. ¿Se pierden siempre las batallas contra la literatura?

Pierdes tú casi siempre. Para llegar a esto, a un libro del que puedes no sentirte avergonzado, tienes que escribir muchísimas páginas de las que te sientas profundamente avergonzado, tienes que perder muchas veces. Yo trabajo con la conciencia de que lo que escribo no vale una mierda y de que va a ir a la papelera con total probabilidad. Reescribir es una lucha y es verdad que a muchos les puede parecer descorazonadora muy trabajosa, sobre todo al principio. La gente que empieza a escribir se enamora enseguida de su prosa y como tiene alguna madre, algún novio o novia que le dicen que es maravilloso, les resulta muy duro desprenderse de algo que expresa algo tan íntimo y tan certero, cuando probablemente sea un resobado tópico ya visto mil veces y que no significa nada. Para ver eso tienes que hacer un gran esfuerzo de minusvaloración de ti mismo, tienes que despreciarte un poco y ser consciente de que la mayoría de las cosas que vas a escribir no  sirven o ya se han escrito antes. Ese punto de conciencia es lo que echa para atrás a muchos intentos de escritor porque primero está el enamoramiento de la prosa y luego la conciencia, cuando das a leer esa prosa a gente que ya no es ni tu madre ni tu pareja, gente que objetivamente dice que es una mierda. Los que aguantan esa crítica y son conscientes de esa terrible verdad de que lo que han transmitido no está ni de lejos a la altura con la imagen de lo que tenían en la cabeza, cuando llegan a eso, si superan eso y no se paran ahí, ya están listos para asumir esa lucha con la literatura. Hay que ser conscientes de que esa batalla no se  acaba nunca.

¿Qué ha hecho la literatura por Sergio del Molino? ¿Qué ha hecho Sergio del Molino por la literatura?

Sergio del Molino aspira a no dañar la literatura más de lo que ya está, aspira a ser su amiga y a no achicarla ni destrozarla porque es muy delicada. La literatura por mí lo ha hecho todo. Todo. Vivo para escribir y ahora mismo conforma la parte más dura de mi identidad. Si ahora me tuviera que definir, diría que soy escritor y padre, las dos cosas que más me marcan, mucho más que mi pasaporte, que mis estudios universitarios… Soy consciente de que es una enfermedad porque también reivindico la inutilidad de la literatura, reivindico el valor de lo inútil que es una contradicción tremenda. Tengo una visión totalizadora de ello y, como mucha gente obsesiva, tiendo a perder de vista lo fundamental. Vivimos metidos en esto las veinticuatro horas, encerrados en nuestra burbuja pensamos que a todo el mundo le tiene que importar lo mismo que a nosotros y yo soy consciente de que no, de que lo mío es muy raro y que además su valor radica en que es raro y es precioso para muy poca gente de una forma totalmente lujosa e inútil. Ese es su valor, el valor de que ayer en un avión lleno de gente de negocios donde era yo era un tipo muy raro, gente que tiene muy claro el valor de lo importante y de qué es lo que cuenta en la vida y su escala de prioridades está muy marcada por lo útil, por conseguir los recursos. Que una sociedad le permita a alguien como yo viajar en el mismo avión que esa gente, hace que la sociedad todavía sea habitable. Mis prioridades están totalmente invertidas con respecto a las de ellos. Bueno ahora yo no tengo que plantearme esas cosas pero cuando era pobre, miserable y sin ni un duro, yo era capaz de comer arroz dos semanas para comprarme libros, eso es una deformación terrorífica y una cosa totalmente incomprensible. Si a gente como yo nos permiten y nos consienten vivir, creo que eso hace una sociedad más habitable.

¿Qué autores duermen en tu mesilla de noche?

De todo tipo. Ahora estoy muy enganchado a Philip Roth, que lo leí hace tiempo traducido y ahora me lo estoy leyendo en inglés y me está fascinando. Me encantaría que en España tuviéramos un autor así, un novelista capaz de dialogar con su país y con sus contemporáneos de la forma en que él lo hace; es un tipo que si hubiera justicia en el mundo, tendría ya el Nobel. También he comprado las dos novelitas que acaban de sacar de Emmanuel Carrère, un autor fundamental para mí. Además, muchísimas novedades porque por desgracia me ha tocado ser jurado de algún premio y tengo que leer mucho y eso que este año me estaba quitando de las novedades e intentando leer más lo que me daba la gana.

Les sigo la pista a muchos autores de mi generación que publican en España , hay mucha cosa interesante. El lector típico de literatura española generalmente tiene muchos prejuicios hacia los jóvenes y tiende a ser conservador, a fiarse de los nombres consagrados y antiguos y a explorar poco. Trata con  mucho cinismo y desdén a las voces nuevas y creo que es una actitud un poco errónea. Hay corrientes nuevas, gente muy joven con voces interesantísimas y muy heterogéneas. Si los grandes lectores de este país, que lo son, aunque tengan un cierto sesgo cínico, volvieran a intentar ser lectores inocentes, descubrirían una literatura muy interesante que se están perdiendo. Por ejemplo, un amigo mío Ernesto Pérez Zúñiga, es un escritor maravilloso con “La fuga del maestro Tartini” que es un novelón y que puede hacer disfrutar a la gente un montón, tiene un fondo esotérico muy raro y muy exótico. Para gente muy exquisita, Mario Cuenca Sandoval con “Los hemisferios”. Gente que está haciendo cosas muy buenas jugando con los géneros como Juan Gómez Bárcena. Escritores con una raíz idiomática muy marcada como Jenn Díaz, jovencísima y tremenda, otros que escriben una literatura muy íntima como Eduardo Laporte… Hay mucho donde elegir; no hay un rasgo generacional y si lo hay es la heterogeneidad, cada uno hace lo que quiere. El propio Miguel Ángel Hernández, la reflexión que hace un insider del arte contemporáneo sobre el arte contemporáneo en esa novela es brutal, para mí eso no tiene parangón y es normal que triunfe en Alemania y en Francia porque en España somos lectores muy prejuiciosos. Hay cierto descreimiento y eso contrasta con un panorama que bulle mucho. Igual hay unas barreras generacionales entre lectores y autores que son difíciles de salvar. Como lector de literatura española ahora mismo estoy muy contento.

Fuiste elegido el año pasado como uno de los autores españoles menores de cuarenta años con más perspectivas ¿Qué se ve desde ahí?

Bueno siempre es halagador que te incluyan en listas así, pero se ve presión, aunque tampoco tienes que tomarte muy en serio estas cosas. Está bien porque sirve para que la gente se fije un poco en ti porque es difícil, hay muchos escritores y muchas voces y es difícil que el lector recale en ti. Además es un reconocimiento externo a tu trabajo, está bien que alguien que no sea tu madre te diga que le gusta lo que haces. Tampoco le doy mayor importancia porque si se la diera sentiría demasiados ojos sobre mí y eso me bloquearía. Tengo la suerte de vivir un poco aislado, en una burbujita, en Zaragoza en mi casa haciendo lentejas con mi hijo y eso es lo que me permite hacer lo que me da la gana. Si estuviera metido en la vorágine de los escritores y estuviera en Madrid, metido en su salsa pútrida en la que están todo el día metiéndose unos con otros, con esa presión y ese espíritu competitivo que se tiene, enloquecería totalmente y me bloquearía muchísimo, sentiría que estoy escribiendo con muchos ojos detrás mirando cada letra y yo necesito mucho espacio para escribir.

Fotografía del encabezado por Pedro Anguila.

1 comentario en “Entrevista a Sergio del Molino: «Me enfrento a la vida escribiendo»”

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