Acaba el concierto y me pregunto: “¿Eres lo suficientemente funky como para estar aquí?” Vuelve a empezar el concierto, y al instante siguiente acaba, y comienza minutos después y ya me siento en un discontinuo espacio tiempo de un constante terminar. Larry Graham no empieza conciertos, los acaba. Es tal la intensidad que pone en cada tema que, todos parecen el acorde sostenido final sobre redoble de tambor. Las resurrecciones asolan nuestra región. Roger Hodgson en Murcia, Larry Graham y Martin Barre esta noche en San Javier y he de reconocer que temo al conjuro que devuelve la vida a la carne.
La banda de Larry es la única cosa más funky que los Globbe Trotters. Son tan funkies que medio anfiteatro se ha vuelto negro. Se los ve zozobrar en la calma tensa que es calma porque el asiento lo impone. Llevan 4 canciones enlazadas. Graham baila, actúa, posa, corre y vuelve a posar, canta, golpea, salta, y revienta a hostias a su bajo blanco, tan blanco como su atuendo y su fe. Es un predicador con plumas. Sufro de pensar que todo su discurso va a ir del tirón. La gente está dispuesta a comulgar pero no hay zapato que lo aguante. Desde que Graham dejó The Family Stone (que recordamos de la pasada edición del festival) y tomó la palabra de Dios, su estilo, su música y su funk se absolvieron junto a sus pecados. Hoy, resucitado y junto a la nueva Graham Central Station, el funk podría terminar el concierto tras esas 4 canciones puesto que a partir de ahora, ni Dios podría juzgarle por bajarse los pantalones y mearle a su público. Muestra de ello es la larga ovación que, aunque Graham pide, es bien merecida.
Ashling Cole “biscuit” (cantante) es el soul blanco, fino, soprano, al que acompaña el propio Graham y Wilton Rabb (guitarra), si bien lo de éstos realmente son los mástiles. Su música es simple, efectista, funk con personalidad, funk bruto, que entra a cualquier nivel, aunque mejor bajo una bola de discoteca y litros de adrenalina. En un inciso tocan las influencias de cada músico a su estilo; un muestrario sin cariño ni piedad de clásicos de BB King, Santana o James Brown. Eso sí, han iniciado un juego con el público. La orchestra está llena desde el comienzo, pero la banda la vacía subiéndolos al propio escenario. Mortadelo se ha subido por su propia cuenta. Busca como loco mejorar el concierto. Salta con una mujer, y de ella salta a otra. Es SU concierto. Le saca la lengua a Graham, Graham es un mierda al lado de su baile verbenero. Los músicos se van y Mortadelo le da la mano a SU público. Se queda un rato más esperando a que SUS músicos vuelvan, pero ya no es posible. El sueño de este hombre ha sido efímero y llora porque Graham jamás volverá. Dice una señora: “Yo ya he disfrutado todo lo que podía disfrutar en una noche. Me voy”. Es el turno de Martin Barre y yo me pregunto en qué estilóbato se va a apoyar.
Martin es una de las columnas de Jethro Tull, hasta el cartel del festival se lo recuerda a los despistados. Seguramente se haya preguntado porqué cuando actúa en solitario su concierto cuesta 20€ a repartir con otro y el de Ian Anderson 85€. Varias serían las respuestas obvias. En su defensa hay que reconocerle un trabajo de reconversión como músico tras 45 años de lo mismo. Barre es un metalero domado, un hard-rockero que lanza la flauta bien lejos aunque ésta ha dejado sus dedos marcados con la forma de los agujeros. Su proyecto en solitario es sucio y como él diría presentando un blues: asqueroso, vomitivo, grotesco, verdaderamente repulsivo. Todas esas cosas es, y todas esas cosas son buenas porque Barre quiere que sean así. Virtuoso de estudio, apenas se molesta en desgarrar las notas, pues conoce la técnica de cómo hacerlo sin gritar en cada una de ellas. Él diferencia la talla de la simple actitud.
El proyecto de Barre merece ser visto, entre otras cosas porque canta John Cleese. Bueno, en realidad es Dan Crisp (cantante y guitarra), pero es tan expresivo y carismático como John. Seriedad inglesa acompañada de gritos cortos y rápidos, de lutos inmediatos y sonrisas histriónicas. Dan Crisp a pesar de tener un corto registro es pasional como un bluesman y puntual a la hora del té.
Recuerdo que en la carrera tenía un profesor que me incomodaba ver dar clase. Pasaron semanas hasta que me dí cuenta de por qué. No parpadeaba. Jamás. Se me secaban los ojos mil veces hasta verlo parpadear. Con Martin Barre me sucedió lo mismo. Algo no cuadraba en su forma de tocar, y es que casi nunca usa el dedo meñique. Y aquí es donde me vienen a la mente todos y cada uno de los tullidos que por valentía han llegado a ser virtuosos con una lesión. Es tan bueno que hasta se le olvida que tiene 5 dedos. Barre nutre su hard rock de riffs exquisitos intercalados con el acompañamiento a doble guitarra de Dan Crisp. Hasta se cuelga una mandolina y regresa al folk de forma magistral.
Un señor que se iba grita “¡¿Dónde está la flauta?!” Con o sin dedo Barre demostró que no hace falta tener una flauta, ni al flautista, ni al resto, para demostrar quién es y reivindicarse como el guitarrista de leyenda que es.
Texto y fotografías por Javier Arnedo








