Chico con gran pericia al volante se dedica a cubrir las fugas de una banda de atracadores. Chico conoce a chica. Chico se enamora de chica. Y el joven delincuente, de buen corazón y una moralidad en disonancia con la de sus compinches de fechorías decide, por el bien del amor y de su conciencia, escapar de esa espiral de violencia. ¿Os suena? ¿Cuántas veces nos han contado esta historia? Demasiadas, pero nunca con tanto ritmo y estilo como en Baby Driver.
Desde el punto de vista del contenido, la nueva propuesta de Edgar Wright no es el culmen de la originalidad. Conocemos de sobra la hoja de ruta, el viaje, las paradas, el destino y el peaje que tiene que pagar el protagonista; y el film no se molesta en ofrecer puntos de giro interesantes, posicionarse o correr excesivos riesgos, hecho que queda latente en su almibarada resolución. En su homenaje al género, los personajes se aferran a los arquetipos de la crook story con el pretexto de la autoparodia: desde el jefe de la organización interpretado por Kevin Spacey, que sigue explorando su vis cómica; pasando por Baby (Ansel Elgort), el protagonista determinado e impasible que ve desquebrajada su coraza emocional; el gánster histriónico y demente interpretado por Jamie Foxx, que recuerda en demasía al “Hijoputa Jones” de Cómo acabar con tu jefe; o la camarera encarnada por Lily James, la princesa encerrada en su castillo aguardando a ser rescatada por el caballero andante.
No, la originalidad no emana precisamente del libreto. Lo que hace que la película abandone el sendero de lo cotidiano, lo repetitivo y lo previsible, con la intención de no ser otro thriller de fácil digestión estival manufacturado a medida por la industria Hollywoodiense, es su aspecto formal, en el que podemos apreciar una fuerte impronta autoral. El realizador británico vuelve a apostar por la hibridación de géneros y establece dicha colaboración como clave para el éxito y supervivencia del cine de acción. Baby Driver es un thriller de acción musical con tintes de comedia, y lo sorprendente es que consigue que entre semejante mezcolanza de géneros exista un diálogo coherente. En las antípodas de su uso en la decepcionante última peripecia galáctica de Star Lord y compañía, la música no es un mero elemento ornamental y emprende una triple función tanto de apoyo narrativo como visual. A nivel narrativo la música construye la personalidad del propio protagonista e incluso marca su estado de ánimo y su situación en las distintas fases de la película; por otro lado, sirve para paliar su dolor y alimentar su drama interno, funcionando como nexo de unión con la trágica infancia del personaje y el recuerdo familiar. Además, el realizador británico establece una curiosa sinergia entre música, imagen y montaje, haciendo que las canciones se alíen con la acción, disparos, golpes, cortes o transiciones. El excelso montaje se une a la dirección de Wright, que brilla entregando las persecuciones automovilísticas mejor filmadas de los últimos años, con ejercicios de estilo a la altura de French Connection, Bullit o la más reciente Drive.
Una película fresca, tremendamente divertida y estilosa que salva su parquedad argumental dando una auténtica lección de planificación, dirección y montaje, sirviéndose de la autoría visual del propio Edgar Wright y del uso de la música, que bucea en busca de nuevas posibilidades argumentales. Quizá el motor de Baby Driver sea algo anticuado, pero la carrocería es verdaderamente impresionante. La pena es que perdurará menos en nuestra memoria que su playlist en nuestro móvil.




