Tengo que admitirlo, después de cinco años sin saber nada del universo de Harry Potter (me niego a rescatar la polémica y anodina pieza teatral Harry Potter y el legado maldito), mi nostalgia de fan pedía a gritos revivir las sensaciones que despertaba ese mundo mágico, encargado de saciar mi espíritu soñador infantil durante las largas noches en vela. Cuando leí la noticia de que iban a construir una saga de películas basadas en una enciclopedia de 59 páginas sobre los animales fantásticos que pueblan este particular universo, me mostré reticente ante las posibilidades de éxito del proyecto, pero J.K. Rowling ha demostrado a sus detractores que, independientemente del medio, es una excelente narradora de historias.
La escritora británica y el director David Yates dan una lección de cómo abordar un spinoff o una precuela, captando el espíritu de la saga original pero desarrollando una personalidad propia que no necesita vivir de rentas pasadas. A pesar de que la película comienza con el ya clásico logo de Warner emergiendo de entre las nubes y los acordes compuestos por John Williams, es un error sentarse a ver Animales fantásticos y dónde encontrarlos esperando una continuación estilística y temática de Harry Potter. Una vez que se acepta dicha realidad, es cuando uno empieza a disfrutar de las aventuras de Newt Scamander. Teniendo en mente en todo momento la naturaleza mainstream del producto y la imperiosa necesidad de contentar a ambos target (el público infantil y juvenil recién llegado y las legiones de exigentes fans que han crecido al amparo de las peripecias del joven mago), Rowling acierta en dividir la película en dos partes perfectamente diferenciadas. En la primera, apuesta por la ingenuidad, la inocencia y el sentido de la maravilla que desprendían las películas de Potter dirigidas por Chris Columbus. En esta parte se lleva a cabo la búsqueda y captura de los animales fantásticos y brilla especialmente la estructura de “carrera-persecución”, que permite al libreto llevar a cabo un ejercicio de economía narrativa en cuanto a presentación de personajes, lo que imprime un mayor ritmo al relato. De esta manera, conocemos a los protagonistas y su personalidad, que parece sacada del molde de la saga original: valores como la responsabilidad y el sentido del deber de Hermione están presentes en “Tina” Goldstein; y la función de contrapunto humorístico y de identificación con el espectador de Ron, en Kowalski. El que no termina de convencer es Eddie Redmayne como Scamander, dando la sensación de que solo domina un único registro, basado en sobreactuar la timidez hasta límites insospechados.
Después de un inicio tibio, claramente destinado a captar nuevos acólitos, la película entra en una segunda parte -mucho más interesante- en la que pone su objetivo en el público adulto. La subtrama política del relato, con el enfrentamiento en las sombras de la comunidad mágica y los nomaj, eleva varios peldaños la complejidad argumental de la que hacía gala su hermana mayor e incluso se permite el lujo de actuar de clarividente, adelantando algunas claves de la situación sociopolítica estadounidense actual, como los movimientos encargados de promover la xenofobia. Rowling, afortunadamente, no cae en maniqueísmos y muestra los claroscuros de ambos bandos, representados por los personajes de Colin Farrell (su dudosa moralidad y sus actos se convierte en lo mejor del film) y Ezra Miller. Para comprender mejor la madurez narrativa y visual que ha alcanzado el relato, solo hace falta echarle un vistazo a la escena del “castigo”, en la que mediante un plano picado desde las escaleras y un magnífico uso del fuera de campo, Yates le imprime a la historia una turbiedad inusitada.
Rowling y Yates refuerzan su idilio cinematográfico y ponen los cimientos de una saga que puede llegar a ser mejor que Harry Potter: más adulta, política y tenebrosa. Fuera de los muros de Hogwarts hay un universo lleno de posibilidades, por lo que solo depende de ellos que la robusta estructura que se han encargado de modelar siga siendo a prueba de comparaciones.




