Tienes que leer (XV): «Los tigres devoran poetas por amor», de Alberto Soler Soto

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Dice Alberto Soler que “Los tigres devoran poetas por amor” (Balduque, 2014) y entiendo bien que no pueda dejar de experimentar la vida con algo de miedo. Ahora (o quizá siempre, pero no nos lo contó antes) Alberto es poeta y ha de ir con cuidado por las calles, pues es fácil que un día se encuentre con un tigre que no tenga reparo alguno en devorarlo. Alberto es poeta, como digo, y corre el riesgo de acabar entre las garras de un bellísimo y fiero felino, pero estoy casi segura de que a él eso ya no le importa, de que para él “merece el riesgo correr la pena”.

A este poeta (animal de corazón) no le gustan las grandilocuencias y hace malabarismos con lo pequeño hasta que ya no cabe ni siquiera en el poema -que es también pequeño pero matón-. De cuando en cuando te topas con un poema-verso que te deja igual que un chupito de tequila. Sin aliento. Dejando un rastro palpitante a su paso por la garganta. Así es “Los tigres devoran poetas por amor” el primer poemario que publica Alberto,  (alma de los Premios Mandarache) y también el primero que edita Balduque, una editorial cartagenera que prometía mucho cuando apareció hace ya unos meses pero que ahora es, sin duda alguna, una de las apuestas literarias fundamentales, no sólo de la región, sino del país.

A lomos de un tigre o de un dragón, a los que doma con poesía, Alberto sobrevuela la infancia, el miedo, el humor, el sexo o la palabra. Sus poemas, bocados crujientes por fuera y jugosos por dentro, enseñan a hablar en lenguas que no conocemos, a cantar con notas que nunca antes habíamos escuchado, a amar a animales que jamás nos hirieron. Dice el letraherido que “hay que follarse al monstruo” y eso, lo siento, me gusta mucho más que lo de follarse a las mentes, que ya está muy visto. Dice también que “la culpa es de los poetas” y me parece que eso explica muchas más cosas que el cha cha chá. Dice con palabras que lo hacen invencible. O casi. Pues siempre estarán aguardando en una esquina los tigres de tinta roja. En realidad, ellos y yo que, aunque no tengo nada de tigre, si algún día me reencarnara en uno, sabría muy bien dónde encontrar mi festín.

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