Qué hacer en Murcia cuando no sabes qué hacer: la guía de ocio para cualquier día

Qué hacer en Murcia cuando no sabes qué hacer: la guía de ocio para cualquier día

Hay una escena que cualquier murciano reconoce al instante. Son las ocho de la tarde, el grupo de WhatsApp lleva veinte minutos con la pregunta de siempre «¿qué hacemos?», alguien suelta un «me da igual» que no ayuda a nadie y la conversación se queda en pausa hasta que aparece el clásico «lo de siempre, ¿no?». Ese limbo, mitad pereza mitad exceso de opciones, es más habitual de lo que parece. Y la buena noticia es que en Murcia se resuelve rápido, porque pocas ciudades de su tamaño concentran tanto a tan poca distancia.

Murcia juega con ventaja. Con más de 300 días de sol al año, la terraza no es un capricho veraniego sino casi un estado natural: se puede tapear al aire libre en febrero sin que nadie se inmute. A eso se suma una ciudad compacta, donde casi todo se hace andando, y una huerta histórica que ha marcado su forma de comer, de quedar y hasta de hablar. Aquí no hace falta plan cerrado para pasarlo bien. A veces basta con bajar a la calle; otras, con quedarse en el sofá sin remordimientos. Esta es una guía para las dos cosas.

El tapeo no se negocia

Si Murcia tuviera un deporte oficial, sería el tapeo. No el de «vamos a cenar tapas», sino el de ir caminando de barra en barra, cerveza pequeña en mano, sin reserva ni hora fija. El epicentro es la Plaza de las Flores, un rectángulo de terrazas pegadas unas a otras donde a media tarde es complicado encontrar mesa, y la vecina Plaza de Santo Domingo, presidida por un ficus enorme que da sombra a media plaza.

El bocado emblemático es la marinera: una rosquilla crujiente coronada con ensaladilla rusa y una anchoa encima. Pedirla bien tiene su intríngulis. Si la quieres con anchoa, es marinera; si la prefieres sin ella, se llama bicicleta; y si cambias la anchoa por un boquerón en vinagre, es marinero. Equivocarte no es grave, pero un camarero murciano lo notará.

Más allá de la plaza, la Calle Alfonso X, conocida por todos como «la calle del Trapo», concentra bares de toda la vida y locales de copas para alargar la noche. Y si la cosa va de comida con mantel, la carta murciana tiene piezas que merecen la pena: el zarangollo (revuelto de calabacín y cebolla), los michirones (un guiso contundente de habas secas) o los paparajotes de postre. Aquí va el aviso que evita el ridículo a más de un visitante: el paparajote es una hoja de limonero rebozada y frita, espolvoreada con azúcar y canela, pero la hoja no se come. Se chupa el rebozado y se descarta. Hay quien lo descubre a base de masticar nervio vegetal mientras la mesa intenta no reírse.

Para los días de cultura

No todas las tardes piden barra. Murcia tiene una agenda cultural más densa de lo que su fama de ciudad «de buen rollo» deja entrever. El Teatro Romea, inaugurado en 1862 y bautizado en honor al actor cartagenero Julián Romea, programa teatro, danza y conciertos durante casi todo el año, y su sala a la italiana es por sí sola un motivo para entrar.

Para quien prefiera el arte sin telón, el Museo Salzillo custodia los pasos procesionales de Francisco Salzillo, el gran escultor barroco del siglo XVIII, una obra que en Semana Santa sale a la calle y el resto del año se puede ver con calma. Y aunque su nombre despiste, el Real Casino de Murcia no tiene nada que ver con el juego: es un edificio decimonónico declarado Bien de Interés Cultural, con un patio árabe espectacular, una biblioteca de novela y un salón de baile que parece sacado de otro siglo. Se visita, se fotografía y se sale con la sensación de haber colado en un club privado de hace cien años.

A esto se suman la filmoteca, las exposiciones que rotan por los espacios municipales y los festivales que jalonan el calendario, como el Murcia Tres Culturas en primavera. Un plan de tarde tranquila que no falla.

Aire libre sin coger el coche

Murcia se disfruta mucho caminando, y eso abre una categoría entera de planes que no cuestan nada. El Jardín de Floridablanca, en el barrio del Carmen, presume de ser el primer jardín público de España, abierto en 1848, y sus ficus centenarios de raíces descomunales son una pequeña atracción en sí mismos. A pocos minutos está el Malecón, un paseo elevado sobre la antigua mota del río que es ruta obligada de corredores, paseantes y quien simplemente quiere ver atardecer.

El propio río Segura, ya recuperado y bordeado de carril bici, permite encadenar kilómetros hasta salir prácticamente a la huerta. Y si el día pide más, la ciudad tiene una baza que muchos olvidan: el mar queda cerca. En menos de una hora se planta uno en el Mar Menor o en las playas de la costa, lo que convierte un «no sé qué hacer» de sábado en una escapada exprés sin grandes preparativos.

Cuando el plan es no salir

Y luego están esas noches en las que el cuerpo solo pide manta. No pasa nada: quedarse en casa también es un plan, y a menudo el mejor. La opción más murciana es ponerse a cocinar: un arroz con verduras de la huerta, unos paparajotes caseros para presumir delante de invitados o, sin más pretensiones, una cena de picoteo improvisada.

Para la sobremesa larga funcionan el maratón de serie, la noche de vinilos o los juegos de mesa de toda la vida. Y aquí entra un giro útil para quien tiene a sus amigos repartidos por media España: jugar conectados. Las plataformas de party games tipo Jackbox o Gartic Phone, los cooperativos como Overcooked, las versiones digitales de clásicos como el Catan o incluso las sesiones en las que varios amigos se conectan para ir explorando las tragamonedas más populares mientras comentan resultados y anécdotas se han convertido en una forma sorprendentemente eficaz de mantener el grupo unido cuando ya no se vive en la misma ciudad. Es el equivalente moderno de la partida de cartas de los domingos: poco glamur, mucha conversación y bastantes risas.

El mejor plan es el que pide la noche

Al final, la gracia de una ciudad como Murcia no está en tener una lista infinita de cosas que hacer, sino en lo fácil que resulta encajar el plan con el ánimo. Hay días de plaza y cerveza pequeña, días de teatro y paseo por el Malecón, y días en los que el techo es la mejor compañía. Ninguno es superior a otro.

Quizá por eso el famoso «¿qué hacemos?» del grupo de WhatsApp no es un problema, sino una oportunidad disfrazada de pereza. La próxima vez que aparezca, en lugar de buscar la respuesta perfecta, basta con elegir entre bajar a la calle o quedarse arriba. En Murcia, casi siempre, las dos salen bien.

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