El pasado jueves estuvimos en Teatro Circo disfrutando de un gran espectáculo de la mano de Circus Klezmer; y cuando digo de la mano, lo digo literalmente, porque desde la antesala del teatro hasta el final de la representación los actores estuvieron interactuando con el público de la manera más inusual y cómica.
Circus Klezmer es una especie de teatro circense en el que podemos reconocer en los actores las características típicas de los personajes de circo: el payaso convertido en loco del pueblo, los vecinos en acróbatas y malabaristas… Todo esto se teje bajo una trama orientada a la celebración de una boda judía “en un pueblo del Este de Europa que no queda ni cerca, ni lejos; en una época que no es ni la de antes, ni después”, como se define en el folleto de la obra. Para conseguir llegar a esa boda, antes surgen contratiempos e infidelidades por parte de la madre de la novia, que llevan a que el padre se dé a la bebida y ésta huya de casa. Finalmente, la madre vuelve el día de la boda y se reconcilia con el padre para así celebrar la unión felizmente.
Los actores hablan en alemán; lo poco que hablan, porque son personajes muy expresivos que con la comunicación no verbal transmiten más que con las propias palabras, por lo que en ningún momento te sientes perdido. Continuamente están saliendo y entrando del escenario, incorporándose en el patio de butacas, haciendo de las suyas con los componentes del público… hasta el punto de que un hombre del público estuvo parte de la obra sentado en una silla en pleno escenario (fue el supuesto amante de la madre de la novia).
Durante toda la actuación se realizan pequeños números de malabares y acrobacias que se integran con la propia historia dándole un toque emocionante, y a la misma vez cómico, porque esa es la esencia de la función, que el público no deje de reír en ningún momento.
Y os preguntaréis, ¿de dónde viene lo de Klezmer? Pues Klezmer es un tipo de música de la tradición judía que estaba presente en toda celebración de esta religión. Y como este circo gira entorno a la celebración de una boda judía, no puede faltar la música, gracias a 4 músicos (flauta, trompeta, batería y acordeón) que acompañan cada movimiento de los personajes.
En definitiva, un espectáculo en el que no falta de nada, y sobre todo risas, que no dejaron de escucharse en el TCM en la casi hora y media de actuación.
Con la frase con la que el director de la obra cerró la noche, yo os invito a que disfrutéis más de lo maravilloso que es el teatro: “Que nunca muera la cultura en este país”.
Ana Rodríguez López



