Juan José Cerezo, sanador de cuerpos y de almas

Empezaba la noche con una luz tenue arropando los nervios de  Juan José Cerezo, médico a jornada completa y poeta de camino a casa. El locutor, Alberto Carides, compartía con el público que nuestro poeta solía escribir a final de cada guardia; pues cuando más cansado estaba del ejercicio científico, era cuando más necesitaba dar rienda suelta a su parte literaria.

Comenzó recitando El misterio, poema perteneciente a su primera obra, Manual de inexperiencias”. Recorreríamos  su experiencia vital a través de este libro, empezando por el amor, pasando inevitablemente por el amargo sentimiento del desamor y desembocando en una parcela de su mundo interior. Entremezcló poemas y versos de estas distintas fases, despertando en el público un cúmulo de sensaciones que irían desde el sabor agridulce de sus experiencias ante la muerte, excesivamente cotidianas debido al ejercicio de su profesión, y pasando por la madurez poética con poemas como Historia de una sombra, y la solemnidad de los versos de Redoble de Serpientes.

Decidió poner fin a su participación haciendo gala de un tono más alegre y vivaz que marcaba, como él mismo dijo, un fin de ciclo. Con un lenguaje lírico y mediterráneo recitó Valencia y nuestra pequeña historia de verano.

Más tarde y a modo de confidencia con su público, compartió algunos versos de su próximo libro, cuyo nombre no quiso revelar todavía. Se trata de un poemario de elegías donde relata las experiencias de la muerte en sus diferentes metáforas. Así pues, habló de la ‘’ solidificación de los sentimientos’’; el poema La piedra y su milagro versa sobre la analogía entre el proceso por el que el magma se convierte en piedra, y los sentimientos, en un pasado incandescentes, acaban por ser un sentir inanimado.
Epitafio iba a ser su última lectura, un buen nombre para poner fin a lo que será su último libro y a la agradable noche que estábamos viviendo, pero el reclamo de un bis hizo que abre los ojos clausurase la escena.

Tuvimos la oportunidad de intercambiar unas palabras con el autor. En ellas, nos confesó que aunque su vocación siempre fue la literatura, las palabras de aliento de un profesor le hicieron optar por su sueño y vocación de la infancia: la medicina.

Indagando llegamos a la conclusión de que su vocación es clara: empezó a escribir porque se sentía curado, y decidió publicar y ser médico para curar a los demás. La vocación de nuestro poeta no era otra que la de sanar; Juan José Cerezo era un sanador de cuerpos y sanador de almas. Y el orgullo de aquello se reflejaba muy bien en sus ojos.

Laura Salmerón Fernández / Jeanette Conesa Paredes / Blanca Pérez de Tudela

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