
1. Lo primero es reconocer un hecho: qué pequeña es la Croissete. Nada que ver con lo que las noticias de todo el mundo se preocupan en enfocar como un majestuoso paseo marítimo; una farsa. Es escuchar las gaviotas que revolotean el puerto y la realidad es otra: una hilera de sillas azules de cara a una panorámica (ésa sí) de verdadero ensueño. La verdad y la mentira, lo que se ve en una pantalla y lo que nos aguarda a la salida de la sala: ¿Acaso hay mejor lugar para un festival de cine que Cannes?
2. Lo más obvio: quien se crea que el verdadero espectáculo está en el Palacio de Festivales yerra por completo; el verdadero negocio de cine se mueve bullicioso entre los cocktails del Palais Club y las azuladas monedas del Casino Barrière, un lujoso y eufórico frenesí que se apodera más allá de la Rue d´Antibes. Vemos aquí y allá todas las cosas que los medios (prudentemente) no nos dejan ver: productores cogiendo de la cintura esculturales modelos en la cubierta de sus yates mientras esperan partir a la isla Margarita; jeques de países del este que sospechosamente no vemos en ninguna proyección del festival, líderes del petróleo con un séquito a sus espaldas llegando sin reserva al restaurante del Majestic Barrière.
Y Alexander Payne, encogido en una esquina del Musee de la Mer. Tomando notas con una caja de vinos prisionera entre sus piernas.

3. Cannes es un ente abstracto: poco importa que la nueva (y cautivadora) obra de Nicholas Wefn haya sido recibida con reacciones extremadamente contradictorias (¿obra de arte o tomadura de pelo?), qué más da que La viè de Ádele (¡magnífico y simplista título anglófono: Blue is the warmest color!) haya tenido el éxito merecido uniendo a críticos de diversa índole: Cannes son fotógrafos y periodistas vestidos de esmóquines de Armani haciendo instantáneas inmortales para las estrellas de las películas. El creador de imágenes, sea del medio que sean, es la estrella.
Y también, claro está, Joel (o Ethan) Cohen, buscando discos de segunda mano en una tienda de antigüedades mientras su hermano Ethan (o Joel) Cohen completa crucigramas en la puerta.
4. Cannes no se entiende sin la noche. Había oído comentarios acerca de la extravagancia de las fiestas que se celebran (abiertamente o no) por la ciudad francesa; las más complicadas (es decir, las más interesantes) se celebran en los barcos privados, ésos que iluminan con sus propios focos el Casino Palm Beach, aquellos que van soltando por popa motos acuáticas pilotadas por sombras anónimas ( o quizás no) mientras se dirigen a toda velocidad al malecón Albert Édouard. El ruido de sus altavoces es indescriptible pero no nos impide hablar con transeúntes que se arrastran por la arena de la playa
A partir de las tres de la mañana allí puedes encontrar de todo, desde ególatras críticos de blogs hasta amantes del nuevo jazz francés, pasando por estudiantes del Actor´s Studio que hablan solos mientras preparan audiciones, camareros dándose un baño disfrutando del fin de la jornada, jóvenes promesas del cine iraní, fascinados éstos últimos por la constelación de estrellas que puede verse dibujada en el cielo. Me pregunto dónde dormirán.

5. La última razón para volver a Cannes es sencilla: ningún día vimos a Steven Spielberg. Se rumoreaba que estaba encerrado en el hotel, disfrutando de organizar el jurado vía online, ajeno a las explosiones de luz y color, lejos de a los detalles, grandes y pequeños, efímeros y gloriosos de la ciudad francés. Un sitio donde nunca encontraríamos a Spielberg siempre es buen lugar para volver. Y así lo haremos.
José Manuel Sala Díaz



Pingback: 5 Razones para Volver a Cannes | Jose Manuel Sala