El concierto de Maïa Vidal el pasado jueves en el Teatro Circo fue puro espectáculo, en el buenísimo sentido de esta expresión. Fue, probablemente, la parte más dulce de todo el festival IBAFF. Fue dulce y corto, porque lo que es bueno y corto es dos veces bueno. Fue también una ocasión especial, como dijo la cantante durante el encuentro con el público y como reiteró al día siguiente en la entrevista concedida para C’mon! Murcia que mañana podréis leer en el blog.
Aunque la razón a la que apelaba la estadounidense era que aquella noche estrenaba canciones del nuevo disco, que saldrá a la venta a finales de marzo, para los espectadores los argumentos fueron muchos más. El llamativo comienzo que cambiaría de color constantemente sólo fue un débil presagio de la emoción, siempre controlada, desde el escenario. Vestida con una ligera falda larga, plumas por pendientes (cómo no), y ornamentos en la cara, desenfundó ante nosotros sus gestos y movimientos más etéreos.
A lo largo de la noche, que el jueves sólo duró una hora, cantó canciones que dejaban en evidencia la a veces angelical, a veces agresiva capacidad y un sublime control de la voz. Si a ello le añadimos la “multinstrumentalidad” del show y la magnífica iluminación, sólo nos quedaba disfrutar de los temas que ya conocíamos, como Follow me, Alphabet of my Phobias, Poison o God is my Bike y que convirtieron el Teatro Circo en una pequeña cajita de cristal que podía romperse con cualquier percusión de un xilófono de juguete. Las explicaciones de Maïa sobre los títulos y las letras hicieron de la sala un lugar de complicidad a pesar del elevado número de espectadores.
Muchas de estas aclaraciones fueron de lo más graciosas, incluso inocentes. Más que gracioso fue escuchar “la siguiente canción se llama Alphabet of my Phobias, el Alfabeto de mis Fobias en español, y son… mis fobias en orden alfabético”. Así también supimos el afecto que le tiene la cantante a su madre, y lo mucho que le entristece despedirse de ella cada vez que vuelve de Nueva York a Barcelona; su síndrome de Peter Pan reflejado en la canción Waltz of the Tick-Tock of Time; la historia de una pareja que cuando duermen juntos, sus sueños se infectan entre ellos, y muchas más.
También fue un placer conocer las piezas inéditas, que se reconocían al instante por las nuevas facetas vocales e instrumentales, algo más intensos que lo ya publicado. “Con los nuevos temas pensamos que no había suficientes cosas por el escencario, así que añadimos más instrumentos”, bromeaba Maïa tras acabar el listado de sus miedos. “Como primer estreno estoy muy contenta”, no dudó en sincerarse la artista. Nosotros también. Tal vez sería una exageración afirmar que todos salimos de esa sala un poco mejores personas, pero sí que sonrió hasta el más frío de los corazones.





