
1945. La II Guerra Mundial agoniza. Estados Unidos, protegido por el océano Atlántico, comienza a frotarse las manos. Todavía no se juega con sus fichas, pero pronto repartirá. Los que no han ido a la guerra se han quedado en casa, desarrollando un trabajo que a la postre será más determinante para que Norteamérica se convierta en la gran potencia del mundo. Flotaba en el ambiente el ideal de la hormiga: trabaja hoy para lo que vendrá mañana. Los roles estaban repartidos. Pero varios de los jóvenes a los que les tocó tener 20 años en esta época rechazaban estos principios.

Se dedicaban a beber, fumar, escribir, follar, hablar y observar. Quizá en ese orden. Pero al observar, sus barbillas formaban un ángulo de unos 120 grados con respecto a sus cuellos. Algo más que el resto de los americanos, que solo veían la máquina que tenían delante. Para estos jóvenes había cielo, y no les era inalcanzable, al menos no a los 20 años. En estas charlas surgieron los embriones que darían lugar a las tres obras maestras de esta generación, que pasaría a la historia como la generación beat. Hablo de Aullido (Ginsberg, 1956), En el camino (Jack Kerouac, 1957), y El almuerzo desnudo (William Burroughs, 1959). Pero faltan 10 años para eso. Todavía estamos en 1945.

Ese es el año en el que Kerouac y Burroughs escriben Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques a cuatro manos. La novela recrea la confesión que Phillip Tourian, amigo de ambos, les hizo tras matar a David Kammerer, un treintañero gay obsesionado con Tourian. La situación es una declaración de principios de la generación beat. Llevaban bastante tiempo escribiendo, la literatura era parte de su vida: Rimbaud y Verlaine se nombran en la obra más veces que algunos personajes, Tourian se alista en la marina para tener tiempo de escribir poesía; pero es un golpe de la realidad el que les empuja a escribir una obra realmente en serio. Es el inicio del hipster, la subcultura urbana que se muestra desencantada con lo establecido. No la tribu consumista, vacía y autocomplaciente que hoy se asocia al término.

Leer Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques es una experiencia similar a escuchar las primeras grabaciones de Charlie Parker, cuando él era el único que creía en su arte. Nadie se atrevió a publicar el libro, pero Kerouac sabía que su literatura jazz marcaría una época. El libro alterna un capítulo escrito por él y otro escrito por Burroughs. Esta mezcla de estilos es la mayor virtud de la novela: realista hasta lo maníaco el del autor de En el camino; destartalado, irónico, maníaco, casi punk (el casi se debe omitir en sus obras posteriores) el de Bill Burroughs. El título del libro es una muestra del humor negro –negrísimo- del escritor de San Luis. Dice la leyenda que, mientras escribían el libro, sonó por la radio la noticia del incendio de un circo. Los guardias dispararon a los animales para que no hicieran daño a nadie, y los hipopótamos se cocieron en sus tanques. Así terminaba la noticia. El título es una obra de arte en sí mismo. Por una parte, muestra la visión beat de la sociedad americana: los hipopótamos (las clases medias, los que denostaban su actitud) se estaban cociendo en sus tanques. Algo estaba cambiando. Por otro lado, el título es una definición de literatura y de escritor. Una frase que sacada de su contexto da lugar a múltiples lecturas. Eso es literatura.

Hoy podemos leer Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques como el germen del beat. En su intento de contar una historia verídica, Burroughs y Kerouac retratan a su sociedad, a ellos frente a su sociedad, qué no les gustaba y qué proponían. La contracultura del siglo XX comenzaba a gatear al paso de sus obras. Después se hicieron famosos y al final de sus vidas se mostraron desencantados. Su visión no se había hecho realidad. No alcanzaron el cielo que habían visto. Kerouac se convirtió en un furioso viejo conservador y Burroughs se sumergió en lo que Keith Richards llamó, diez años después, Drogolandia. Pero eso fue después. Aquí todavía se alistaban en la marina con la idea de llegar a Francia, dar de lado al ejército y dedicarse a escribir. Dicen que Rimbaud aprobó el plan desde su tumba.


