Antes de adentrarse en la historia de La Algameca Chica, Blanca Pérez de Tudela ya había demostrado su interés por rescatar espacios cargados de memoria colectiva con su documental sobre la Cárcel Vieja de Murcia. Ahora, la cineasta murciana dirige su mirada hacia este singular enclave de la costa de Cartagena, un lugar que durante décadas ha estado rodeado de estereotipos, debates urbanísticos y una imagen pública que, según sostiene, poco tiene que ver con la realidad cotidiana de quienes lo habitan.
El documental, estrenado recientemente tras un proceso de producción que se prolongó durante casi tres años, nació como un proyecto independiente impulsado por un pequeño equipo y el apoyo de los propios vecinos. A través de testimonios, recuerdos y experiencias personales, la película busca ofrecer una visión más compleja y cercana de una comunidad que ha construido una identidad propia al margen de las convenciones urbanas y administrativas, pero profundamente ligada a la historia de la ciudad.
Conversamos con Blanca Pérez de Tudela sobre el origen de este proyecto, la confianza construida con los habitantes de La Algameca Chica, los prejuicios que aún pesan sobre el poblado, las dificultades de sacar adelante un largometraje sin financiación institucional y el papel que puede desempeñar el cine documental a la hora de preservar la memoria y replantear la mirada sobre determinados territorios.

¿Cuándo escuchaste por primera vez hablar de La Algameca Chica?
Conocí La Algameca Chica hace varios años, casi por casualidad. Una muy buena amiga me habló de ella y fuimos a pasear. Me maravilló. Lo primero que me llamó la atención fue el exotismo del lugar, esa distorsión espacio-temporal de no saber ni dónde, ni cuándo. A pesar de su cercanía al centro de Cartagena, el paisaje de la Algameca Chica era lo opuesto a la arquitectura modernista e imperial de la ciudad. Ese contraste encendió la primera chispa que me hizo fijarme en ella.
¿Qué te llevó a pensar que merecía un documental?
Conforme fui conociendo mejor el poblado y viendo qué información había sobre él en Internet y medios de comunicación, me di cuenta de que existía una distancia enorme entre su imagen pública y la realidad. Públicamente, la Algameca Chica estaba muy asociada a ideas de marginalidad, chabolismo y pobreza. Yo, sin embargo, había convivido con familias trabajadoras que, en su mayoría, pasaban allí sus veranos por tener un vínculo muy profundo con el lugar. Sentí enfado por el tratamiento informativo injusto y caricaturesco y un impulso por trasladar la realidad que yo veía.
¿Qué descubriste durante la investigación previa que más te sorprendió?
Me di cuenta de que La Algameca estaba llena de matices, de contradicciones y de historias humanas muy potentes. Sentí que había un relato que merecía ser contado y, sobre todo, escuchado desde la voz de quienes viven allí. Me sorprendió también que el carácter del pueblo no era ni revolucionario, ni alternativo. El aspecto de las barracas induce a pensar que es una comunidad alternativa o antisistema. La realidad es que a la mayoría de ellos les gustaría que la Algameca Chica fuera reconocida como un barrio más de Cartagena.
Más que revolución, hay resistencia. Viven fuera de la norma por haber nacido antes que ella y querer proteger un espacio y una forma de vida que no encaja en las lógicas legales. Y creo que todo se sustenta en la profundidad de los vínculos que muchas personas mantienen con el lugar. Más allá de las viviendas o del entorno natural, existe una identidad colectiva muy fuerte construida a lo largo de décadas.

¿Cómo ha cambiado tu propia visión de La Algameca Chica desde que comenzaste el proyecto hasta ahora?
Ha cambiado muchísimo. Al principio llegué con curiosidad, pero también con desconocimiento. Imagino que al principio incluso romanticé muchísimo el espacio. Yo misma creí que el estilo de vida atendía a demandas sociales o políticas. Con el tiempo entendí que La Algameca no puede resumirse en una sola definición. Es un lugar complejo, con luces y sombras, pero sobre todo con una enorme tradición y vínculo con el espacio.
Hoy la veo como una comunidad llena de memoria, de resiliencia y de excepciones. Europa es un continente muy normativo, todo se rige por leyes, organismos, protocolos… En este contexto, la Algameca Chica no es ejemplo, sino excepción. Hay otras formas de organizarse, otros ritmos de vida, otros vínculos… verlo allí me hace poner perspectiva a mi propia vida.
La película pretende mostrar La Algameca Chica “desde dentro”. ¿Cómo te ganaste la confianza de los vecinos?
Fue un proceso muy gradual. Antes de grabar pasé mucho tiempo allí, escuchando, conversando y compartiendo momentos cotidianos. Creo que la confianza no se puede forzar. Se construye con tiempo, respeto y honestidad. Para mí era importante que entendieran que no llegaba con una idea preconcebida sobre ellos, sino con la voluntad de conocer y comprender su realidad.
También quise siempre hacer una película en la que ellos se sintieran vistos. El objetivo nunca fue hacer un documental experimental o un film de culto que llevar a grandes festivales. Para mí no habría tenido sentido hacer una película sobre la Algameca Chica que no entendiera la Algameca Chica.
Hablas de combatir la imagen marginal asociada históricamente a La Algameca. ¿Crees que ese estigma sigue muy presente?
Sí, creo que todavía existe, aunque quizá cada vez más personas están interesándose por conocer el lugar desde una perspectiva diferente. Durante muchos años se ha hablado de La Algameca desde fuera y a menudo a través de estereotipos. Cuando conocía a gente y le decía que estaba trabajando en un documental sobre el poblado, la información que tenían seguía siendo sesgada, insuficiente o directamente no sabían nada del lugar.

¿Qué aspectos de la realidad del poblado suelen desconocer quienes nunca han estado allí?
Sobre todo la dimensión histórica. Mucha gente desconoce que se tienen pruebas de asentamientos y de que era un lugar plenamente habitado desde mediados del siglo XVIII. También su patrimonio. En la Algameca Chica hay una bandera, fiestas patronales, tradiciones, leyendas y normas invisibles. La historia acumulada durante generaciones es algo muy valioso, único y desconocido.
¿Dónde está el equilibrio entre contar una realidad compleja y evitar caer en los tópicos?
Creo que el equilibrio está en escuchar mucho e involucrar a los propios agentes del lugar. Podríamos haber mostrado la Algameca Chica desde una mirada que contribuyera a seguir exotizando el lugar, convertirlo en un decorado. El objetivo no era ese, sino crear memoria colectiva, legitimidad social y una red de apoyo.
El documental nació sin financiación inicial. ¿Cuál fue el momento más complicado de todo el proceso?
Hubo varios momentos difíciles. Mantener un proyecto de largo recorrido sin financiación estable supone muchos desafíos, tanto a nivel económico como personal. Probablemente lo más complicado fue seguir adelante durante los periodos de espera, cuando todavía no sabíamos si podríamos completar la película y era muy difícil acceder a ayuda externalizada.
Llegasteis a financiar parte del proyecto mediante crowdfunding. ¿Qué significó para vosotros ese respaldo ciudadano?
Fue muy emocionante. Más allá de la ayuda económica, supuso una enorme demostración de confianza. Ver que tantas personas creían en el proyecto y querían contribuir a que saliera adelante nos dio la energía necesaria para continuar. Sentimos que la historia que estábamos contando despertaba interés y que, de alguna manera, ya no nos pertenecía solo a nosotros.
Además, ocurrió algo muy bonito, y probablemente es el aspecto del que me siento más orgullosa de todo el proyecto. Las recompensas del crowdfunding no consistieron en objetos o merchandising, sino en experiencias dentro de la propia Algameca. Eso generó una implicación extraordinaria por parte de los vecinos: ofrecían cenas en sus embarcaderos, paseos en sus barcos o incluso cedían sus barracas durante un fin de semana para que los mecenas pudieran alojarse allí.
De forma casi espontánea, empezó a tejerse una red de relaciones entre quienes apoyaban la película y quienes la protagonizaban. Surgieron encuentros, conversaciones y vínculos que reforzaron el sentido de comunidad que precisamente queríamos reflejar en el documental. A veces pienso que la película comenzó a cumplir su propósito antes incluso de estar terminada, porque ese espíritu de conexión y pertenencia ya estaba ocurriendo durante la campaña.

¿Alguna institución pública se ha interesado por el documental y su apoyo?
Ninguna.
¿Cómo decidiste qué voces debían formar parte de la película?
La selección surgió de manera muy natural durante el proceso de investigación. Más que construir un relato alrededor de un único protagonista, queríamos que la película reflejara la diversidad de historias que conviven en el poblado. Poco a poco fuimos conociendo a los vecinos y los relatos iban cuadrando casi solos. Algunos aparecieron por el camino en el momento más adecuado. Creo que esta parte es la que más disfruto del proceso creativo.
¿Cómo viviste el estreno después de casi tres años de trabajo?
Fue una mezcla de alegría, nervios y emoción. Cuando trabajas durante tanto tiempo en un proyecto, llega un momento en que deja de pertenecerte solo a ti y pasa a encontrarse con el público. Ver la película en pantalla grande y compartir ese momento con tantas personas que han formado parte del camino fue muy especial.
¿Qué reacciones de los vecinos te han emocionado más?
Sin duda, las de quienes se han sentido representados y respetados. Para mí era fundamental que los vecinos reconocieran su realidad en la película. Escuchar que habían visto su infancia reflejada, o aspectos importantes de su vida, ha sido una de las mayores satisfacciones de todo el proceso.

Hace años que vio la luz tu documental, realizado junto a Jeanette Conesa, sobre la Cárcel Vieja de Murcia. ¿Cómo has vivido todo el proceso de transformación del lugar? ¿Qué opinión tienes sobre lo que es ahora?
Ha sido muy interesante observar esa transformación. La Cárcel Vieja forma parte de la memoria colectiva de Murcia y durante mucho tiempo permaneció cerrada, casi suspendida en el tiempo. Me alegra que el edificio haya dejado de ser un espacio degradado, inaccesible y desconocido para buena parte de la ciudadanía. Que hoy sea un lugar abierto y dedicado a la actividad cultural me parece una forma valiosa de devolverlo a la ciudad y de darle una nueva vida.
Sin embargo, creo que esa resignificación solo puede ser completa si va acompañada de un esfuerzo por preservar y transmitir la memoria del lugar. No basta con rehabilitar un edificio; también es importante mantener vivo el relato de lo que ocurrió allí y de lo que ha significado para varias generaciones de murcianos y murcianas.
Desde ese punto de vista, tengo la sensación de que se ha desaprovechado una oportunidad para integrar de forma más visible su dimensión histórica y memorial. Hay testimonios, experiencias y fragmentos de nuestra historia reciente que constituyen un patrimonio colectivo de enorme valor y que todavía siguen siendo poco conocidos.
Después de la Cárcel Vieja y La Algameca Chica, ¿algún plan futuro en mente?
Ahora mismo estoy centrada en acompañar el recorrido de La Algameca Chica y disfrutar de esta etapa de encuentros con el público. Siempre hay ideas y proyectos rondando la cabeza, especialmente relacionados con historias que hablen de realidades cercanas y que estén contadas desde Murcia, pero todavía es pronto para aterrizarlas.
Fotos de Ramón Romero
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