Llegué tarde, pero más tarde llegó el Meister, así que podría decirse que fui temprano. Lo suficiente como para ver al técnico de sonido apuntando la lista de canciones en un folio a mano- seguramente bajo órdenes de Vielba a través Whatsapp o algo por el estilo- encima del futbolín de la Yesería. “Eso es lo que tienen los conciertos en los que no dependes de nadie- nos explicaba el pucelano un rato después- que puedes improvisar sin que tus compañeros te odien”.
Sobre las 11 empezó Bestiario. Desde la mesa de control de sonido, a medio metro del escenario y este a dos metros del público- comenzó a sonar Chupacabras, una de las canciones más experimentales del álbum. Mientras, Vielba subía al escenario y se colgaba la guitarra para tomar el relevo con País del Alce.
Poco a poco, todos los animales fueron saliendo del disco para entrar en el bar, que no estaba precisamente lleno. No importaba. Vielba no es un showman de esos que ofrecen espectáculos artificiosos acompañados con música- tampoco era el lugar adecuado. Pero sabe lo que hace, se le da bien entretener sin necesidad de escándalos. Él se autodenominó muchas veces “pesao” porque cada una de sus canciones iba contextualizada y justificada con alguna divagación. Aunque lo cierto es que a los temas les sentaban muy bien esos prólogos improvisados. Y siempre nos hacía cantar “porque si no, esto no es tan popular”.
El Meister no solo se sirvió de las canciones de Bestiario para llenar una hora y poco de concierto. Hubo más, siempre en español, algunas de aire más tradicional, otras más psicodélicas, una versión de Parálisis Permanente… Eso sí, el concierto se cerró con las enormes fauces de Megalodón, una instrumental del disco en la que Vielba nos hizo levantar los brazos y moverlos de un lado a otro, de un lado a otro… Y así se fue diluyendo esta sesión del Microsonidos.




