Karl Lagerfeld, emperador del orbe

15 marzo, 2013
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Karl Lagerfeld, emperador del orbe

Mayestático, imponente, colosal. El mundo de madera de Karl Lagerfeld no se aleja mucho de su inventor. Exuberante y desmedido, de aguas negras y tierras plateadas sobre las que destacaban 300 bombillas, una por cada boutique Chanel. “Esta colección es sobre la globalización”, apuntó su creador manchando cada palabra de tintes absolutistas propios de un kaiser.Pero tan solo sobre la globalización que ejerce Chanel sobre el mundo de la moda, añado yo.

Lagerfeld hace mucho tiempo que dejó de hacer colecciones increíbles para hacer shows increíbles. Todo un decorador, alquimista de sueños y fantasías  que brama desde su púlpito de diseñador-icono la importancia de la atmósfera dejando a la moda en un inmerecido segundo plano. Delirios de grandeza le hacen reunir a una cantidad ingente de asistentes que desde las gradas del anfiteatro miran el desfile sin ver el desfile, miran a las modelos sin ver nada del detalle, miran la bola del mundo y se impresionan y alegran de estar presentes aunque no entiendan nada.

En cuanto a la colección en sí, el tono negro favorito del diseñador ha dominado casi todos los looks dejando lugar para unos cuantos destellos de tonos pasteles. El eterno tweed se niega a ser enterrado y vuelve temporada tras temporada en faldas, abrigos, pantalones, chaquetas y bolsos. La piel negra enfundaba las piernas de las modelos subiendo más arriba de las rodillas en forma de calcetas-leggins.  El vinilo reclamaba su lugar en forma de botas y botines adornados con cadenas al estilo punk-chic. Esta vez ha vuelto de nuevo el bolso de caja lego que ya vimos la temporada pasada dejando atrás el puro plástico y los colores flúor para aliarse con el tweed en una versión más elegante. Quizá lo mejor de la colección han sido los abrigos de corte recto con aberturas frontales, que parecían haber sido recortadas con unas simples tijeras, y cola en la parte posterior y los bolsos en forma de la bola del mundo con el omnipresente logo de la casa.

El Grand Palais fue un emplazamiento fascinante, la enorme bola del mundo soberbia, pero la colección en sí fue en cierto modo insuficiente, repetitiva, no presentó nada nuevo aunque eso no quita que lo presentado no fuera bueno. Un desfile en el que la ropa fue lo de menos, aunque quizá esa fuera la verdadera intención del emperador que tan solo pretendió mostrar su supremacía en la moda. El mundo le pertenece o al menos eso creen las 300 bombillas que no dejaron de brillar en ningún momento.

   
  
 

Margarita Yakovenko

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