El nombre del último trabajo y de la actual gira de Extremoduro no podría ser más adecuado. Quizá fue escogido por el grupo como una forma de reírse y ponerse por encima de las críticas que les han llovido por volverse más comerciales y cada vez más multitudinarios. Por convertirse en el grupo de referencia de quinceañeros rebeldes que buscaban una nueva figura cool y autodestructiva en la que mirarse después de que Melendi se alisase el pelo. O quizá simplemente se refiera a la potencialidad del grupo para llenar estadios, por unos treinta euros de entrada, con el público más heterogéneo que uno ha visto desde los Fitipaldis.
Adolescentes que aún no han acabado bachiller, parejas casadas nostálgicas de los noventa, algún que otro rockero veterano, oficinistas luciendo orgullosos sus camisetas negras, castizos luciendo despreocupados polos rosas y pendientes de diamante; entre todos conforman la masa de 12000 personas que el sábado se reúne en la Condomina para vivir la experiencia Extremoduro y que a las once, cuando se apaga la luz, recibe al grupo con la sonoridad y excitación que provocan los dioses.
Tras una entrada triunfal dentro de un container mientras suena la intro arrancan con uno de sus clásicos incombustibles: sol de invierno. Con el calor húmedo que hace en Murcia, y con semejante temazo, en cuatro minutos nos tienen a todos sudando. Es un buen tema para entrar en materia y la cosa promete. Yo al menos estoy bastante expectante y mi escepticismo inicial respecto a esta gira se relaja un poco.
En seguida empiezan a tocar temas de su último disco intercalados con canciones de sus álbumes recientes; es decir, temas lentos y preciosistas de unos ocho minutos de media. El sonido es espectacular, lo mismo que el despliegue escénico, pero tras un rato empiezo a amodorrarme. Uno no espera lo mismo de un concierto de Extremoduro que de uno de Pink Floyd (perdón, ya sé que comparar a Extremoduro con Pink Floyd puede hacer llorar sangre por los ojos a mas de uno), y el rock sinfónico que Robe y compañía hacen ahora suena bien; pero tras una hora en la misma tónica cansa.
Parece ser que al elaborar el setlist tuvieron este factor algo en cuenta y cuando estoy a punto de entrar en desconexión empiezan a intercalar clásicos. Clásicos que en su mayor parte no se salen del lado más almibarado del repertorio Extremoduro:
«La vereda de la puerta de atrás«, «Standby«, fragmentos de «La ley innata«… En ese momento empiezo inconscientemente a ver a Robe como un león viejo. Un león viejo que sigue siendo un rey del rock por que no ha venido ninguno más joven a sobrepasar sus méritos y ser el nuevo macho dominante. Incluso cuando tocan himnos de su época dorada (para mí) como «Historias prohibidas» o «Jesucristo García» («improvisación» guitarrera de Robe incluida) no puedo evitar pensar que esos temas son simplemente breves destellos del rock fiero y visceral que en su día significó el nombre Extremoduro; incluidos en el setlist actual por pura complacencia con el público.
A esta impresión no ayuda el hecho de que de las pocas veces que Robe interpela al público una sea para pedirnos que no grabásemos una canción nueva (también lenta) y las demás para repetir frases que lleva diciendo ya más de quince años. Hecho que algunos justifican como ritual y yo califico de inmovilismo. Lo que está claro es que la fórmula sigue funcionando aunque el discurso del grupo se haya diluido con el tiempo: tienen al público en todo momento en el bolsillo.
En el broche final del concierto suenan la obligada Ama, ama y ensancha el alma mezclada con el clásico riff del «Rockin ́ all over the world» de los Status Quo y Qué borde era mi valle, el single de presentación del nuevo disco. Hay que ser justo y decir que este tema crece mucho en directo, fue uno de los momentos en los que el grupo sonó más compacto y cañero. Lo que demuestra que el grupo tiene puesta su energía y su espíritu en su repertorio más reciente; se sienten cómodos y es cuando logran transmitir al nivel de antaño.
Para terminar escogen El camino de las utopías. Un tema pausado que acaba con la catarsis obligada de solos de Uoho y pone el broche final al concierto con magnificencia. No ha sido un mal concierto. No a nivel técnico y de duración.
Simplemente un apunte: actualmente no sé si es adecuado llamar al grupo Extremoduro. Algo así como Las aventuras progresivas de Robe e Iñaki sería más acertado y más honesto. O directamente Extremoblando, que es un nombre con un toque más popular. Estaría bien solo por establecer una diferencia reconocible entre el registro musical del Extremoduro de los noventa y el actual. Yo creo que las canciones lo merecen. Aunque hay que reconocer que, a fin de cuentas, puede que el immovilista sea yo.





