Las modelos XL toman la red, El encanto de las tallas grandes en la pasarela, Ahora puedes llevar una talla 42 sin que te escupan a la cara… Estos son los titulares que hemos podido leer en los últimos meses —Bueno, quizás el último no. Pero va por ahí la cosa—. Artículos, reportajes, sesiones fotográficas y páginas de Facebook inspiradoras que alaban a ‘LA MUJER REAL Y SIN COMPLEJOS’. Nos encontramos en un momento en el que las redes arden con miles de imágenes de modelos perfectas con medidas relacionadas con tener dos pechugas made in genética y buenas caderas para parir hijos, en lugar de celulitis derivada de no vivir esclava de la dieta y el ejercicio.
La idea de coger una imperfección para acercar el pueblo llano a la élite está algo cogida con pinzas desde el momento en el que el equilibrio físico es perfecto. Mujeres del mundo real, pero con matices. La tía buena del instituto aparece ahora en portada bajo el eslóganes como ya no se esconden, la belleza de las curvas o prefiero que me salga un hijo maricón a drogadicto —ya, ya, eso último no pega aquí, pero yo se lo he oído a la vecina de 5º—. Cientos de mujeres nos sentimos intimidadas en el momento en el que alguien comparte un artículo en UPSOCL con Robyn Lawley saliendo de la playa o Laura Wells con un picardías push up —como si necesitase ayuda, la hija de puta—. Ahí vemos chicas de verdad, sanas y bellas, sintiéndose cómodas consigo mismas y con su cuerpo pero, ¿por qué deberían sentirse mal con ese culazo?
Ya, los cánones de belleza de Vogue y Cosmopolitan hacen mucho daño. Las pasarelas con modelos de 1.70m.x35K provocan que adolescentes, jóvenes y mujeres con pelillos se acercen al insalubre estado de un desequilibrio alimenticio para poder alcanzar la perfección que ven semana tras semana en las revistas. Esas mujeres que se horrorizan cuando leen artículos con las supuestas críticas al peso de Jennifer Lawrence y sus declaraciones del tipo: «En Hollywood me consideran obesa». Es muy fácil posicionarse ante las críticas cuando eres el mito erótico de medio mundo… Entonces esas chicas se miran en el espejo y ven que están a años luz de tener un cuerpo parecido —eso sí es genética y no lo que le pone mi madre al cocido—. Entonces aparece una supuesta solución, modelos alternativas con las que deberíamos sentirnos indentificadas el resto de mortales. Esa mujer real sigue estando a años luz del resto, con cara de ángele, con un culo más voluminoso pero en perfecta simetría y muslos con mayor circunferencia pero con la apariencia de textura de porcelana.
La vida de una de las chicas que no se siente identificada va pasando mientras el complejo de inferioridad crece semana tras semana. No entiende por qué su físico no entra dentro de ninguno de los cánones establecidos, ni para ese que han creado exclusivamente para ella. Se hunde cuando descubre que Mango ha sacado una tienda distinta para tallas especiales donde la prenda más pequeña le queda justa. Pasa por un cartel de Desigual con una foto de Chantelle Winnie solo tapada con un bolso y enseñando que, a pesar del vitíligo, es una de las mujeres más guapas que ha visto. Se desmorona cuando Jennifer Hudson aparece ante los medios con 36 kilos menos.
Un día, esa chica se ve en la obligación de ir al dentista —porque al dentista uno solo va cuando le supuran las encías—, abre una revista de Cuore que encuentra en la mesita de la sala de espera y hojea todos los defectos de las famosas. Esa revista siempre le ha dado asco porque se mete con los cuerpos perfectos con los que que sueña parecerse, pero ese día descubre que no es imperfección. Solo es realidad. Esas mujeres no son menos guapas por la celulitis, o por tener un poco de barriga o por tener una teta más grande que la otra —eso le pasa hasta a la Preysler—. También ve a esas otras mujeres catalogadas como tallas grandes y descubre que, pese a la belleza, también tienen defectos que poco tienen que ver con el concepto cubista que le habían hecho creer.
Ese día, una chica entre un millón, sale de la consulta del dentista con una muela y un complejo menos —y con el bolsillo vacío, que arreglarse la boca es un negocio—. Ya no le afecta que no se fabrique la talla L de una determinada prenda de Zara, ni que los pantalones que le quedaban tan mal le sienten como un guante a su mejor amiga. Ese día quiere ser feliz con su cuerpo, porque la vida es muy corta y los problemas nunca faltan, aunque suene a frase de Paulo Coelho.


















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