
El auditorio es idílico. Empotrado en la montaña, uno se expone a vistas propias de un castillo mientras espera a que le sirvan una caña. El auditorio es el Parque Torres y la ciudad es Cartagena. Hay algo de castillo, de fortificación, de eje de la resistencia, en La Mar de Músicas. Su propuesta escapa al circuito SOS 4.8-Low Cost-Arenal Sound. Es posible que La Mar de Músicas sea el último reducto de una forma de entender la música. El único sitio en el que todavía no han tocado Lori Meyers, Love of Lesbian o The Zombie Kids. Es cierto que está enfocado a otro público, pero después del concierto del viernes nadie podrá volver a argumentar que La Mar de Músicas está estancada en el pasado.
El protagonista fue Eli “Paperboy” Reed, la mejor voz –junto a Charles Bradley y Brittany Howard- de ese revival de soul que envuelve de negritud nuestros días. Llegamos sobre las diez. Una hora después comenzó el concierto. Hasta entonces, un goteo silencioso de gente llenó el auditorio. El auditorio es cómodo. Las butacas son de cemento. Azules, contrastan con las paredes, de un amarillo pálido. Todo parece dispuesto para recordar que estamos en verano. No estábamos en el Víctor Villegas, pero es que no fuimos a ver a la Filarmónica de Berlín. Había pantalones cortos, cerveza, camisetas de tirantes Adidas, cincuentones con bolsos apoyados en barrigas hinchadas y chanclas. A mi lado se sentó un tipo de unos sesenta años con pase de prensa. Era pequeño, lleva gafas y está arrugado. Una especie de maestro Yoda.

A las once sonó una voz femenina que anuncia el concierto. Presentó a Reed y a la banda que le acompaña en España: The Pepper Pots. Uno es de Boston y los otros de Gerona, son blancos pero suenan negros, dijo la voz. Apareció la banda. Impolutos. Traje oscuro ellos, vestidos rojos que dejaban asomar las rodillas y zapatos negros de medio tacón ellas. Ellas son las cantantes. Ellos son un batería, un bajista, un guitarrista, un organista, un trompetista y dos saxos: un barítono y un tenor. Comenzaron a tocar. Las cantantes, a bailar. Los músicos dibujaban una atmósfera. El que toca el tenor bajó de su tarima, apoyó el saxo en su soporte y se acercó al micrófono. Sus compañeros apretaban. Se le veía poderoso. Cogió el micro y presentó a su jefe. Hablaba como esos individuos que presentaban a boxeadores. Podría aparecer Sonny Liston, pero no.
Apareció Eli “Paperboy” Reed. Vestía un traje que se debatía entre el gris y el marrón, corbata a juego, camisa rosa, reloj de oro y zapatos de cuero negro. Los pantalones quedaban anclados por encima de los tobillos y dejaban ver unos calcetines de rombos. Reed lucía tupé y sonrisa. Tiene cara de niño adicto a los bollos. Su cuerpo camina por la frontera que separa una figura contundente de una figura gorda. Faltaba una milésima de segundo para que soltara su primer gemido, pero ya nos había ganado. Nos había ganado con su estética. No hay un detalle descuidado en su banda: corbatas, chalecos, patillas, zapatos de claqué, sombrero de jazzman…Símbolos de una época, anterior a 1960, en la que parece vivir Reed. Quizá por eso sonría tanto.

Nos tanteó. Entonces sonó el punteo de guitarra que anuncia The Satisfier y volvió en sí. Y soltó su primer gemido. Y comenzó a moverse. No paró en toda la noche. Tras cada canción soltaba un thankyou! a la velocidad de la luz y daba un respiro, quizá consciente de que la media de edad del público superaba con creces los 40 años. El tipo que había a mi lado se sentó al filo de su butaca. Separó las piernas. Posó las manos sobre las rodillas. Cerró los ojos y empezó a mover la cabeza. El Maestro Yoda se había convertido en Ray Charles. El foso se llenó de gente.
Reed gritaba como si quisiera desprenderse de ese “Paperboy” –solía llevar una gorra que recordaba a la de los antiguos repartidores de periódicos- que acompaña a su nombre. Clamó al cielo, imaginamos que unas veces rezó a James Brown y otras a Sam Cooke. Buscábamos sus canciones pero no las encontramos. Caímos en la cuenta de que el chico de los periódicos se estaba divirtiendo con standars: escuchamos Rougher yet (Slim Smith), How can I forget (Jimmy Holiday) o TCB on TYA (Bobby Patterson).

Dio igual. Impresionó su dominio del escenario, su feeling con la guitarra –es de esa escuela que parte el alma con tres acordes- y su derroche de alegría. Sonrió, torció el micrófono, sudó, sonrió, orgulloso al escuchar lo que salía de la garganta, sudó y volvió a sonreír. Entonces, Aya Sima, una de las cantantes, separó su micrófono del pie y se acercó al centro del escenario. Era Don´t mess up a good thing, una canción de Fontella Bass. Sima posee un amplio registro. Técnicamente es muy buena, pero le faltó garra. Consciente, Eli frunció el ceño y puso garra por los dos.
Separé la vista del escenario y vi cómo las cartageneras, en chanclas y vestidos de verano, se habían convertido en negras de Harlem. Los cartageneros animaban al chico de los periódicos con un inglés sorprendente: come on! Come on! Gritaba un tipo a mi lado. A mi izquierda, el Maestro Yoda convertido en Ray Charles se había levantado. Bailaba como si tuviera la música dentro.

Reed se sentó al pie del escenario cantando a capella. Se puso de pie y ejerció de predicador del amor. Estas intervenciones salían de su boca bañadas en azúcar. Luego cantaba y desaparecía la cursilería. Se quitó la chaqueta y se desató la corbata. Al poco desapareció.
El saxofonista tenor volvió a dejar su instrumento en el soporte y se acercó al micrófono. Cerró el círculo, aunque advirtió que quizá su jefe volviera. Así fue. El jefe volvió con Come and get it, su canción más popular. Soltó la guitarra y se encaramó al poste de luz que había a su derecha. Escaló como si intentara situarse a la altura de su voz. Vio que era imposible y bajó. Se despidió con un lamento góspel, acompañado solo por el tipo del tenor, quizá su chico para todo. Advirtió que la canción era dolorosa. El 70% del público no entendió nada de lo que dijo, pero sintió todo lo que cantó.

Se hizo extraño no escuchar más momentos de su discografía ni Woohoo, el adelanto de su cuarto disco, que escucharemos en unos meses. Los Pepper Bots no estuvieron a su altura, pero cumplieron. Paperboy se despidió recordando que en unos minutos firmaría discos en el puesto de merchandising. Se fue. El tipo que gritaba come on! dejó de hablar en inglés y las negras de Harlem volvieron a ser cartageneras en chanclas y vestidos de verano. El Ray Charles a mi izquierda dejó de bailar y se sentó. Abrió los ojos y volvió a ser un tipo de unos sesenta años con pase de prensa, gafas y arrugas.
Crónica por Santos Martínez Álvarez
Fotografías por Margarita Yakovenko
















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