“Había una canción que oí cuando estaba en Los Ángeles. La interpretaba un grupo local. La canción se llamaba Los Ángeles y la letra y las imágenes eran tan duras y amargas que la canción me resonó en la cabeza durante días. Las imágenes, descubriría más tarde, eran estrictamente personales y nadie las compartía. Las imágenes, para mí, estaban llenas de gente que se volvía loca por tener que vivir en la ciudad. Imágenes de padres que estaban tan hambrientos e insatisfechos que se comían a sus propios hijos. Imágenes de chicos de mi edad que levantan la vista del asfalto y quedan cegados por el Sol.”
Escuchaba a Elvis Costello y quería tener una banda. Eso es todo. Cambia a Costello por Radiohead o Arctic Monkeys o The White Stripes y tienes a cualquier universitario actual. El caso es que, como él dice, Menos que cero ocurrió. “Y una vez que quedó claro que podía vivir de la escritura –declaró a The Paris Review– dejé de pensar seriamente sobre ganar dinero de otra forma.”
Fuera los teclados y las letras de canciones. Estamos en 1985. Bret Easton Ellis tiene 21 años y acaba de publicar su primera novela. Las primeras críticas son turbias: halagos y hostias a partes iguales. Poco a poco, las reseñas positivas aumentan y el libro se convierte en un best seller. Ellis se convierte en multimillonario de la noche a la mañana. En la misma entrevista a The Paris Review reflexiona: “Yo sabía que un veinteañero no publica novelas. Escribía porque disfrutaba escribiendo. Era catártico. Mucha gente alivia su dolor mediante el deporte, el sexo o las drogas. Para mí, escribir siempre ha sido una forma de aliviar el estrés, de lidiar con el dolor.”
¿Pero de qué dolor habla alguien que lo tiene todo? Ellis es un yuppie. Vivía en Sherman Oaks, barrio de Los Ángeles en el que brotan las mansiones con estrellas dentro. Colegio privado y las llaves del Mercedes cuando la barba era todavía una utopía. Sus padres –él promotor inmobiliario y ella ama de casa- se divorciaron en 1982. Ellis se fue a estudiar a Vermont, al otro extremo del país.
En Menos que cero, Clay vuelve a Los Ángeles por navidad, tras un cuatrimestre en la universidad de New Hampshire. Sus padres también están divorciados. A él también le espera un Mercedes en la puerta y también admira a Elvis Costello. Las semejanzas son tantas que la duda caló: ¿Era Menos que cero la autobiografía de Ellis? El autor siempre ha explicado que todo lo que hacemos tiene algo de biográfico, pero que él no estaba tan alienado como Clay –argumenta que de ser así no podría haber escrito una novela- ni su coche era tan grande como el del protagonista. Ellis tampoco vio la muerte tan de cerca como Clay.
Varios críticos calificaron Menos que cero como El guardián entre el centeno de los 80, una etiqueta tan raída como los nuevos Beatles o el nuevo Woody Allen. He leído alguno de esos libros que han pasado a la Historia como retratos de la juventud. Hablo de En el camino o Siddhartha o la propia obra de Salinger. Es posible que las tres influyeran a más gente que la novela de Ellis. Está claro que desarrollaron más leyendas. Quizá sean mejores novelas, pero ninguna me ha hablado como Menos que cero. Sal Paradise y Siddhartha y Holden Caulfied encarnan muchos ideales encomiables, pero han envejecido mal. Nadie se siente representado por ellos. Al menos nadie que haya nacido después de 1985. Nadie cree en eso de vamos a cruzar Norteamérica con nuestro coche y a vivir de la poesía. Fruto de ese descrédito, de aquel despertar del sueño que significó el fin de la Modernidad, jóvenes desarraigados pueblan el mundo. ¿A qué especie pertenecemos si no sentimos una continuidad?
Estandarte de la Generación X, Ellis sabe cómo se siente quien ha oído cada día eso de Vosotros no habéis luchado por nada. Os lo dimos todo hecho. La generación a la que constantemente se le echa en cara tener una Play Station o un móvil. Clay lo tiene todo, pero nada más. Clay se levanta y puede elegir entre 15 tipos de mermelada, pero nadie se da cuenta de que está en la cocina.
Menos que cero no tiene trama. Clay narra –siempre en primera persona y en presente- cómo pasan sus días. Cómo pasa la vida entre la MTV y las hamburguesas y las películas snuff y las violaciones a menores y las fiestas en mansiones de guionistas de Hollywood. Entre Blair, una novia a la que no quiere, Julian, un colega que acabará prostituyéndose para pagar la droga, Trent, otro colega con la vida resuelta, y Rip, su camello. La ausencia de trama provoca una tensión insoportable. Uno lee Menos que cero apretando las páginas con fuerza, con miedo a que las letras se caigan. Pensando que la amenaza sigue ahí. La única escapatoria es ese cartel que Clay ve y que dice Desaparezca aquí.
Desaparezca aquí. Salte con los pies juntos sobre este punto y olvide sus traumas y sus deficiencias emocionales. Destruya la coraza que provoca que nada le afecte. Clay es un nihilista en el mundo del simulacro. Un nihilismo inducido por la televisión y una vida repleta de facilidades, pero muy relacionado con la prosa punk de, por ejemplo, Irvine Welsh. Comparten la suciedad y el pulso helado. Les separa la mayor agresividad del escocés y el peso de la melancolía en la obra del americano. Ellis podría ser calificado como un escritor post-punk.
Las referencias musicales que encontramos en la novela, la mayoría a Costello, tienen una función: anclar la historia en una época. Ellis quería retratar su juventud, no pretendía crear una obra inmortal. Y lo consiguió. Seguramente Menos que cero envejecerá tan mal como En el camino y seguramente dentro de 10 años me parezca una basura. Solo es otro escritor tratando de atrapar al tiempo.
En Less than Zero –sí, de ahí el título-, Elvis Costello canta:
Turn up the TV, no one listening will suspect
Even your mother won’t detect it
No your father won’t know
They think that I’ve got no respect
But everything means less than zero
Todo cuadra.


